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Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.

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De un borrador...

 

 

1ª Parte

MUERTE DE UN EXTRAÑO/1

 

 Por primera vez me planteo escribir sobre mi vida; de las cosas increíbles y hechos pasados…

Al echar la vista atrás, lo primero  que me viene, es la imagen de mi abuelo paterno; una visión imaginada en parte, solo en parte. Nunca le conocí personalmente. Lo que conozco de él, es a través de mi madre. Creo, que al vivir al margen de mi familia natural o biológica, siempre sentí una inquietante curiosidad por saber más de ella y no sé porqué,  especialmente, de mi abuelo.

 Y digo inquietante, porque despertaba en mí una gran excitación el ir descubriendo cosas de toda esa familia; ajena y propia al mismo tiempo, de la que no había conocido a nadie, ni siquiera a mis verdaderos padres, los biológicos, quiero decir. Y es que soy hijo adoptivo, aunque nunca sentí desarraigo o falta de amor. Pero otra cosa es; querer saber de uno, la historia de aquellos  de dónde se proviene, comparar en lo posible y conjeturar sobre si, esta rama de hoy,  tiene parecido alguno con las que fueron ayer, causa y origen de ella.

 Siempre me interesaron las características y singularidades de los que me precedieron y abrieron camino hasta mí mismo. Y si soy sincero,  los mejores ratos de mi niñez, fueron aquellos que pasaba con mi madre mientras me iba contando acerca de todos ellos. Según la oportuna coincidencia, esta, recordaba anécdotas o hechos que iban recomponiendo  el tejido de la historia que tanto me interesaba; pues, ella, sí conoció, prácticamente, a toda mi familia biológica.

 

Como decía, aunque no les echaba en falta, sí me atraía mucho conocer cómo transcurrió todo ese devenir, que, como un río y, de relato en relato viajó hasta desembocar de lleno, en mí, desbordando la vida tranquila y normal que disfrutaba…


 Mi madre me fue acercando a una nueva realidad:

“Tu abuelo paterno fue picador”

 

Me dijo una tarde durante la hora de la siesta. Serían más o menos las cinco. Nos habíamos levantado empujados por el sofocante calor de nuestra tierra en verano… Ella, puso la tele y apareció en pantalla una plaza de toros; en el justo momento del paseíllo. Le pedí que cambiase y, mientras lo hacía, sonriendo con cierto misterio y picardía en la mirada,  lo dijo:

 

“Tu abuelo paterno fue picador”

"¡¡¡¿...?!!!"

 

Después de la sorpresa, “me salió la vena graciosa” y dije:

 

“¡Una pena que no hubiera picado en una mina en vez de hacerlo en una piel viva!”

 

 No pude evitar cierto reproche e interrogación en la mirada, -mientras hacía el comentario-; por no habérmelo contado antes. Hasta ese momento, lo único que sabía de él, era que se había ganado la vida como guarnicionero y que, además, domaba caballos.

 

Ella, siguió sonriendo, pero esta vez, descubrí en sus ojos cariño y comprensión, no había rastro de disgusto por mi velado reproche. Tampoco esperó a que le preguntase nada y siguió hablando:

 

“No solo tu abuelo estaba metido en ese mundo del toro, que tan poco te gusta a ti. También su hijo, o sea, tu padre, lo estaba… Èl, hizo sus pinitos en ese mundo...  Soñaba con ser matador de renombre. Y, hasta tu propia madre, vivía para la fiesta... Así fue como se conocieron los dos, tus padres... Si nunca, hasta hoy, te hablé de ello, tal vez fue por miedo a que tú, sintieras curiosidad, o la llamada de la sangre y, también,  acabaras subyugado como ellos”

Suspiró, creo que con tristeza y continuó su relato:

 

"Cuando tú naciste, a tu padre ya se lo había llevado por delante un novillo…”

 

Nuevamente paró y cuando continuó, tuve la impresión de que lo hacía como en trance…

 

“Fue un novillo cárdeno, de la vacada de “Los Niños de Mora”. Se llamaba, “Empecinado”. Jugado en la Real Plaza de Lomas… No contento con derribar cuatro veces en la suerte de varas; después, cuando más metido estaba  tu padre en la faena, tras un adorno torero, le perdió la cara y, el animal, aprovechó para arroyarlo, dejándolo inerte en el albero… No por las cornadas, que las hubo, sino por un derrame cerebral fulminante. Ese día, en el albero, acabaron sus sueños y todo... Todo, menos tú”

 

Calló y se sirvió un vaso de agua antes de continuar su relato. La miré y vi sus ojos cuajados de lágrimas. Me acerqué a su lado, me arrodillé y puse mi cabeza en su regazo, sentí que temblaba… No podía entender qué le pasaba.  ¡Porqué le afectaba tanto la muerte de un extraño! Aunque, el extraño, hubiera sido mi padre, no le encontraba sentido a su emoción.

(Flora)

 

 

 

 

 

 

"Es la noble cabeza negra pena,
que en dos furias se encuentra rematada,
donde suena un rumor de sangre airada
y hay un oscuro llanto que no suena.
En su piel poderosa se serena
su tormentosa fuerza enamorada
que en los amantes huesos va encerrada
para tronar volando por la arena.
Encerrada en la sorda calavera,
la tempestad se agita enfebrecida
hecha pasión que al músculo no altera:
es un ala tenaz y enardecida
es un ansia cercada, prisionera,
por las astas buscando la salida."

(Rafael Morales)

..............

 

 

Cap/2

Un recuerdo lleva a otro...

 

 

 Cuando se casó Sara, amiga y compañera de colegio de mi madre, yo  solo tenía diez años.

  Había que viajar al pueblo y tuvimos que madrugar mucho, porque la boda, iba a ser temprano.

 

Aún estaba oscuro cuando salimos a la calle en dirección hacia la estación de ferrocarril…

 

Recuerdo muy bien el abrigo y los zapatos granates que estrenó, para la ocasión, mi madre. Y su cara… Aquél día, no entendía porqué, pero mi madre tenía una cara rara; cada vez que se reía parecía que iba a romper a llorar, y a mí, me dio por pensar que se sentía sola por no tener marido.

 

Volvimos pronto a casa. La ceremonia fue a las diez de la mañana, muy corta y después el banquete, que consistió en un desayuno: chocolate con churros para todos, licores para adultos, puros habanos para los hombres y cigarrillos para las mujeres... Cuando empezaba a entrar en confianza con los otros niños, me llamó mamá para decirme que ya nos íbamos.

 

En el tren, de vuelta a casa, aproveché para preguntarle si ella también se casaría algún día.

Me contestó que no sabía.

Entonces le dije que no entendía, y, empezó a explicarme que para casarse, antes, tendría que enamorarse de algún hombre y que también sería necesario que él se enamorase de ella… Me contó la típica historia sencilla y fácil de comprender para un niño de mi edad.

Pero yo; poco conforme, le pregunté si había conocido a alguien que le hubiera gustado para casarse.

 

“Lo hubo”, dijo- “una vez hubo un hombre, y después…, nunca más hubo otro”.Terminó de decir, poniendo cara  de chiste como queriendo hacerme reír.

 

Pese a todo, no di por terminado el asunto y continué:

 

“¿Y por qué no os casasteis,…tú no le gustabas?”-le pregunté-

 

“Bueno”. Comenzó diciendo, mientras sonreía y me guiñaba un ojo.

 

“Sí que le gustaba, ¡qué te crees! Pero pasó algo y se  fue con otra chica…”

 

Poniéndose ya seria, dio por finalizada la explicación diciendo:

 

”Tú aún eres pequeño para comprender algunas cosas, aunque te prometo que te contaré esa historia dentro de unos años… Cuando la puedas comprender”

 

Y, justo fue esa tarde de verano; aquella en la que nos levantamos pronto de la siesta. Aquella en que no comprendía porqué mi madre se alteró tanto al contarme “la muerte de un extraño”… 

Tarde, en la que parecía que mi destino tenía una cita, ineludible, cuando yo, ya tenía dieciocho años cumplidos.

 

 Mi madre retomó aquél recuerdo y me relató la historia prometida.

 

Ella, después que se relajó un poco y secó sus lágrimas, me hizo incorporarme.

A pesar de estar uno al lado del otro, parecía que se estuviera alejando poco a poco…Se sumergió en la memoria, como en un agua mansa e hipnótica. Su mirada quedó como colgada en el pasado, aislada de todo lo que no fuera pretérito. Iba como buscando la puesta de sol que marcó su vida y la partió en un antes y un después.

 

Comenzó diciendo:

 

“Me enamoré de él sin saber qué era eso, enamorarse.”

 

“Era muy joven y lo único que yo sabía, era lo que sentía…”

 

“Y lo que sentía era maravilloso, a pesar de que me hacía perder el control y el sentido común la mayoría de las veces. Él, en aquél momento de mi vida, era todo lo que yo  deseaba y creía necesitar, por eso, cuando descubrí que me correspondía, casi me estalla el corazón de emoción y dicha…”

 

“Nos hicimos novios formales en cuanto mis padres consintieron. Antes, intentaron hacerme esperar por mi juventud, tanto como, hacerme comprender los posibles dolores que me podría causar ser su novia y mucho más llegar a ser su esposa…debido todo, al afán y entrega que ponía, él, en su profesión. Que era también, su vocación: La fiesta de los toros…”

 

Después de estas últimas palabras, el silencio se desplomó, como una losa, sobre sus palabras, como queriendo borrar algo de la historia que estaba recordando.

 

Entonces lo comprendí, lo intuí, lo supe…

 

No fue la palabra, no fue la forma ni el tono, que ni me acuerdo. No lo sé exactamente…Tal vez, todo unido en el momento justo, hizo que encajase y pudiera verlo...

 

La hora en que nos habíamos levantado de la siesta, (las cinco de la tarde) lo que apareció en pantalla cuando mi madre puso la televisión; el comienzo de una corrida. La historia que contó. El cómo y dónde murió mi padre, en una plaza de toros… como digo, fue todo.

 

Comprendí, supe... El porqué lloró mi madre al recordar mientras yo creía que solo hablaba de la muerte de un extraño para ella.

 

Pero no, no lloraba por la muerte de un desconocido, lloraba la muerte del hombre aquél que fue su novio, y, al parecer, también mi padre.

 

Un hombre que era  y sentía suyo y que entre, un toro y yo mismo, sin conciencia de ello, le arrebatamos.

No habia duda,  estaba escrito  en su mirada…

 

Me miraba extraña y febrilmente. Y, al mirarla yo, recibí el latigazo, incontrolado, de su lamento y  su reproche…

Y mucho más. Fue como  escucharla decir, sin pronunciar ni una sola palabra:

 

“Sí, Arturo, lo vi morir dos veces."

 

“Murió, primero, en los brazos de otra mujer, la que te llevó en su vientre.

y después, en el albero de una plaza de toros”

 

… Aquella mirada no cesaba, me ahogaba y paralizaba, mientras seguía con su atormentada confesión:

 

“Aquél día, Arturo, brotó en mi alma algo incontrolable, oscuro y salvaje. Es lo que nunca antes te había dejado entrever y hoy, presientes certeramente…”

...

Desde luego, ese algo existía y se alzó entre ambos, a pesar del amor… Sentirlo, me dejó helado… Era como estar delante del más terrible de los enemigos. Algo que me señalaba como culpable, ante ella, sin que su razón pudiera interponer defensa alguna por la marioneta del destino que yo reperesentaba... Mi madre, que tanto amor me había dado siempre, en ese momento, solo sentía resentimiento y odio hacia mí.

 


....

 

Capítulo/3

 

Ramita de otro árbol

 

 

Aquél día,  a pesar del descubrimiento, supe menos que nuca, quien era. ¿De qué pasiones venía yo?  ¿Hacia dónde dirigir mis pasos después de...?

Sentí el rastro de dolor que la confusión  y la injusticia provocan en todo ser humano. Por primera vez me sentí solo, perdido ¿Querría mi madre volver a encontrarme?

 

Más tarde, solo, ya en mi habitación, a pesar de los nuevos sentimientos que acababa de descubrir en mi madre, me atreví a creer, nuevamente, en ella, sin miedo. Mi madre sí me conocía, me quería y sabía de mi inocencia pese a cualquier resentimiento involuntario. ¡Porqué si no me adoptó!

 

Siempre vivió para mí. Tal como me había dicho tantas veces, se sentía llena conmigo, de nuestra vida y con mi cariño. Ella me rescataría otra vez, era la única que podía ir alumbrándome, como siempre, en mi camino.

 

  

Pero sentí miedo -miedo por ella- porque no pudiera comprender que la aceptaba como era, también con ese dolor enquistado de su corazón humano.

 

A mí, no me importaba cómo llegué a ser su hijo, ni quién hubiera sido ella. O quién, pudiera ser más allá de lo que para mí representaba en este mundo... Ese mundo engañoso y tan aparente, que parece cambiar de un día a otro cuando apenas es distinto, en lo esencial, del de hace dos mil o más años...

 

Y presentí, que por encima de todo, tenía que seguir confiando. El mal momento pasaría para ella... Para ambos y, poco a poco, descubriríamos que nada había cambiado entre los dos. Si bien, yo no era sangre de su sangre,  sí era, la fuerza de vida de su propia fuerza y energías, o, como ella decía:

 

 “Tú eres un injerto del alma que me brotó como hijo.

Ramita de otro árbol, en mí, vivo”

 

.....

 

Capítulo/4

 

 

 

Extraño amanecer

 

 

 Comencé ser consciente de mí por una sensación de dolor y desvarío en mi cabeza. Todo me daba vueltas, parecía estar girando alrededor de un remolino…

Poco a poco el movimiento se fue haciendo lento hasta desaparecer; pero la sensación de mareo, no me abandonaba. Las naturales náuseas, hicieron posible que empezaran a despertar todos mis sentidos. Me llegaban sonidos como de lejos que, enseguida, sentí más cerca, rodeándome. También se despertó en mí, la sensación de un cuerpo, cada vez, más dolorido. Hasta el aire, le hacía daño al entrar y salir por él.

Percibí la luz al otro lado de mis párpados, intenté abrirlos, pero apenas tenía fuerza y desistí.

 

Seguí oyendo voces. Ninguna me era conocida y no podía entender qué decían… De pronto, comenzaron a pitarme los oídos. Quería huir de todo aquello, pedir ayuda;  pero no sabía cómo ni era  capaz de hacer nada.

 

El malestar, se estaba haciendo insoportable… Sentí brotar y correr las lágrimas, desde los ojos descendiendo por la cara. Me aterrorizó no reconocer aquella piel, sentirla extraña… Pensé que me había vuelto loco.

 

Alguien comenzó a secar mis lágrimas. Me abrazó como con miedo y después, con mucho cuidado, colocó su cabeza sobre mi pecho. Enseguida noté que lloraba y que se trataba de una  mujer. Me llegó su olor, agradable, pero desconocido para mí como todo lo demás que me rodeaba y sentía.

 

 

¿Quién podía ser esta mujer que parecía llorar por mí y que me trataba tan familiarmente...?

 

Percibí que otra persona intentaba apartarla de mí y le pedía tranquilidad… La misma que, a continuación,  dijo:

 

“Inyecte un calmante en la botella del suero”

 

Y, poco a poco, sentí que mi malestar iba desapareciendo. Fui entrando en un estado inconsciente. Sentí que me iba plácidamente.

 

 

 

 

No sé cuanto tiempo  duró aquella agradable inconsciencia.

Cuando fui recobrando, de nuevo, la percepción de mí y mi entorno, el malestar era menos intenso. Volví a intentar abrir los ojos... Percibí la penumbra de una habitación, apenas iluminada. Poco a poco me fui acostumbrando a esa luz y empecé a ver lo que me rodeaba. Nada me era conocido. Parecía encontrarme en la habitación de un hospital...

 

Sentada en un sillón, con los ojos cerrados, había una mujer. No la  conocía  ¡quién podía ser...! Parecía de mediana edad, vestía de un modo raro, ¿como de otro tiempo...?  No parecía de mi época pasada ni presente. Lo mismo me parecía aquella estancia...

 

Recordaba la última vez que estuve con mamá en un hospital, cuando la intervinieron, por un problema que había tenido con el estómago, y, esta habitación, sin duda de hospital, era muy distinta de aquella..., como de un tiempo desconocido para mí.

 

Haciendo un gran esfuerzo y lleno de miedo, intenté articular unas palabras. Elevando la voz todo lo que pude, conseguí preguntar:

 

“¿Dónde estoy...?”

 

 

La mujer del sillón saltó como si un resorte la hubiera disparado  de su asiento... Creí que  se abalanzaba sobre mí, pero algo la contuvo. Se mantuvo en pie, quieta y como contenida por una fuerza, sobrehumana, que la hiciera temer algo.

Me miraba de una forma extraña, casi  apasionada. Comenzó a llorar sin poder contenerse.  Los sollozos, que no podía controlar, la hacían parecer una torre desequilibrada por un terremoto, que amenazara con derribarla...

 

Al  final, se atrevió a acercarse. Y, desmoronada, cayó de rodillas junto a mi cama sin parar de gemir e intentando articular palabras que yo, no lograba entender… Los lloros, debieron alertar al personal, porque se abrió la puerta de la habitación y comenzaron a entrar otras personas, unas, por sus vestimentas, adivinaba que eran sanitarios, otras, iban vestidas de calle. Pero todas,  me parecían gentes de otro tiempo distinto al mío y, todas también, estaban conmovidas por algo muy intenso... Uno de los sanitarios, que parecía el médico, dijo:

 

 “¡por favor, la familia que espere fuera...! en cuanto le examinemos, saldremos a darles todo tipo de explicaciones posibles... ¡por favor, salgan ahora...!”

 

Me sentí aterrorizado, aquél hombre, habló de familia como si todos esos desconocidos, fueran algo mío...  Yo, no conocía a nadie. Todas esas personas no eran más que extraños.

 

Mi cabeza, de nuevo, comenzó a ser lo único que sentía. Era como un globo que se hinchase y comenzara a volar lejos, lejos... Muy lejos de allí y  de toda aquella pesadilla, que estaba viviendo como si de la vida real se tratase.


https://youtu.be/d22CiKMPpaY

 

..........

 

Capítulo/5


Desde Ayer

 

Me despertó un escalofrío al tiempo que alguien acomodaba mi manta… Abrí los ojos y vi a Laura agachada, recogiendo el libro que debió caérseme mientras dormía. Se incorporó con él en las manos y me lo devolvió con una de sus sonrisas de: “¡Buenas tardes, cariño!” ¿Qué tal pasaste la mañana…?” a lo que respondí, (como siempre), que nada diferente “desde ayer” había sucedido:

 

“Ningún cambió Laura…, mi locura es incurable”.

 

Ella, me besó con ternura y me dijo:

 

“Pues “desde ayer" te quiero yo… y pienso que así seguirá siendo por siempre. No te librarás de mí porque hayas perdido la memoria…La locura que siento por ti, tampoco tiene cura, mi amor”.

 

… Y, eso, debía ser su amor por mí, una locura. ¿Cómo era posible que siguiera tan enamorada, si después de “mi despertar”, no logré nunca recobrar la identidad deseada por ella. La historia y personalidad que me suponía no existía. Aquella identidad, de la que se enamoró y compartimos, según todos -no sé dónde ni cuando- no me había pertenecido nunca.

...

 

Después, de aquél día en que entré a este mundo, nuevo para mí, y directamente desde otro... Cuando volví a recobrar el sentido, en aquella habitación de hospital desconocida, ni siquiera pude reconocer la cara y el cuerpo que me envolvían. Realmente, me sentía o era como un recién nacido viejo.  Venido a estar en el cuerpo de una persona extraña, sin dejar de ser, internamente, otra. Llegado aquí, según mí conciencia,  de un tiempo y espacio distintos de aquellos otros que conocía.

 

Una noche, me había acostado con una personalidad y un cuerpo conocidos que sentía y vivía como  míos. Pero desperté dentro de un mundo y un cuerpo diferentes, conservando, sin embago, mi antigua personalidad. Y todos, me hablaban de alguien desconocido ¡como si fuera yo mismo!

 

 Recordaba ser un joven llamado Arturo, pero todos me llamaban, Miguel.  Era como si  hubieran trasplantado mi conciencia y personalidad a un cuerpo ajeno y de otro tiempo. Allí,  nada me pertenecía, a no ser, la memoria y el recuerdo de alguien  del que solo yo era consciente.

 

Con el agravante, dramático, de que al ver bien la cara de aquella mujer llorosa, que no se quería apartar de mí en el hospital, la reconocí como a mi madre… Sí, era ella, aunque mucho más vieja  -Incluso se llamaba igual-  Pero los lazos que nos unían en esta vida,  eran muy diferentes; porque Laura, ya no era mi madre, si no mi esposa. El descubrimiento fue terrible… Recuerdo, cuando al mirarla y reconocerla la llamé mamá y  ella,  pensó que desvariaba.

 

Un poco asustada preguntó:

 

“¡Cariño,… Soy Laura, tu mujer! ¿Recuerdas…? Tú siempre me llamabas Lau. ¡Oh, Miguel, mi amor… ¿No puedes reconocerme…?”

 

...

 

 

¡Pobre Laura!

 

Nunca pude llamarla así: "Lau". Llamar  Laura, a mi madre, ya me costó; pero de ahí, no pude pasar.

 

Mi nuevo cuerpo, al igual que el de ella, era el de un hombre maduro. Tenía  60 años.

 

 ...

 

Durante mi estancia en el hospital;  poco a poco, todos, amigos y familiares, se fueron presentando, contándome cosas e intentando hacerme recordar. Pero, poco a poco, también, fueron acostumbrándose a que no les reconociera y les tratara como a desconocidos.

 

Y, también llegó, para mí, el  temido día en el que me dieron el alta y salí del hospital.  Volví… volvimos, Laura y yo, a la que, me dijo, era nuestra casa.

"Al hogar de Laura y Miguel"...Me contó, ilusionada, mil y un detalles, pero; naturalmente, no lograba recordar nada. Mi memoria o historia era de otro mundo y  de otra persona. Yo, había sido extraído y transplantado, cual planta, de un tiesto a otro, de una tierra a otra...

 ¡quién sabe cómo, porqué y para qué!

 

...

 

De toda aquella vida nueva, lo único que me resonó un poco, fue una referencia a la fiesta nacional de los toros. Al parecer, el hombre que se suponía que yo era,  se dedicó a eso en su juventud. Paradójico y chocante, dado que a mí nunca me pareció civilizado ese tipo de espectáculo y lo detestaba. Naturalmente,  no me atreví a comentar nada, ni con Laura, dado que no me sonaba de mí, sino de la historia que mamá me contara sobre la familia de la que venía y a la que no llegué a conocer jamás. 

...

 

Mi vida fue una tortura… No me reconocía en el espejo y al hablar, me desconcertaba el sonido y la vibración que producían aquella  voz -¡tan extraños a mi ser!-

 

Como tortura, resultó también,

no poder sentir y amar a Laura como esposa, siendo como era, una mujer tan tierna, cariñosa y apasionada.

No poder corresponder a su amor, era el duelo que se renovaba cada día… Cuando en alguno de sus arrebatos me abrazaba y besaba, buscando correspondencia, me veía arrojado al mismo infierno.

 

Un infierno de silencio que llegué a  aceptar cual tortura irreversible, siempre callado y siempre fingiendo...

 Mi vida, era toda un simulacro.

 


...

 

cap/6

Presente y futuro de ¿otro hombre?

 

Hacía más o menos un año que había salido del hospital. Laura y yo, seguíamos sin compartir habitación; aunque, poco a poco, iba cediendo algo en sus deseos de cierta intimidad, a pesar, del suplicio que, para mí representaba aceptar sus caricias e ir correspondiendo, como podía, a sus arrebatos de pasión…Era muy doloroso, tener que mentir, cuando aceptaba compartir la idea, de que muy pronto, volveríamos a actuar como la pareja enamorada y apasionada que, según ella, éramos. Pero más doloroso aún, era pensar en confesarle la verdad. Decirle lo que representaba y era para mí, realmente, hubiera sido una crueldad. Alguien, como ella, que,  en distintas vidas, se había entregado a amarme y cuidarme en cualquier forma posible…ya como madre, ya como esposa o amiga. Sentía que merecía el sacrificio de mi silencio, o al menos, eso pensaba por entonces…

 

Antes de irse a su habitación y despedirse hasta el día siguiente, una noche; Laura, me dijo que tenía que pedirme un favor. Asentí y la animé a continuar, contento, al descubrir que había algo que podía hacer por ella. Me contó que una mujer que yo había conocido en el pasado, estaba interesada en verme y, que le parecía bien porque, tal vez verla, me ayudaría a recordar algo.

 

Me interesó saber qué relación habíamos tenido, para que pensara, que el reencontrarla; podría provocarme lo que no provocó verla a ella misma, o a todos los demás; así como también, el resto de cosas o detalles que me habían ido mostrando y relatando con esa intención… Me dijo que fue alguien crucial en mi destino, alguien que me había marcado, especialmente, para siempre. Y, más superficialmente, que se trataba de la hija de alguien importante en el mundo de los toros al que causé buena impresión, por aquellos tiempos, en los que esa afición era mi sueño. Me contó, que tanto, esa mujer, como su padre, pusieron muchas esperanzas en mí, llegando a tener, ambos, una gran relación de confianza conmigo y, también, en mi futuro como matador de toros…

 

 No me dijo más, aunque, desde que empezó a hablar, se notaba que lo hacía como guardando o restando parte de la historia, algo esencial… Pero; pensé que lo hacía porque lo que se esperaba era producir una sorpresa y conmoción que me hicieran reaccionar, activando así, el recuerdo de esa vida olvidada.

 

Pocos días después, Laura, me anunció que había quedado para la mañana siguiente con aquella mujer. Me negué en principio porque, ella, trabajaba por las mañanas y no estaría con nosotros; le pedí que cambiara el encuentro para un momento en que  estuviera libre y pudiera estar también. Pero me dijo que era eso, precisamente, lo que pretendía; que nos encontrásemos a solas…

 

Aunque no me atraía nada dicha ocurrencia, no podía hacer otra cosa sino aceptar. Pensé que era lo justo para mi esposa. Que se lo debía, ¡si ella pensaba que eso podía ayudar…!

Aunque dentro de mí, todo indicase que era imposible conectar con algo que no había vivido, o con alguien ajeno a mi…, pues sencilla e íntimamente, no sabía cómo había sucedido todo aquello ¡no tenía ni idea!; pero sí sabía que no había perdido ninguna memoria de mí o del pasado, pues recordaba perfectamente quien era y quien había sido…

 

¡Ese pasado, del que me hablaban, no lo podía recordar, sencillamente, porque no era el mío! ¡Porque yo, no era Miguel…! Aunque, de repente, como por una maldición del destino, para mi horror, hubiera despertado un día, encerrado en un cuerpo ajeno. Y para mayor desgracia, en el cuerpo del esposo amado y deseado por una mujer a la que yo conocía y recordaba como mi madre. Por lo que no podía quererla o buscarla como otra cosa que no fuera esa. Ni siquiera podía intentarlo. En mi ánimo, no cabía ninguna esperanza como soñaba Laura. ¡Cómo un hijo, en su sano juicio, podría…! Pero, ¡Cómo podría evitar aquél martirio constante, sin romper el corazón de ella…!

 

Aquella noche, me fui a la cama con una sensación o idea extraña. Cuando Laura entró en la habitación, a pesar de todos mis temores, deseé hablar con ella, contarle, preguntarle, en definitiva ¡confesarme!... como cuando era solo un niño, su hijo, y ponía toda la confianza en ella, mi madre…Se sentó al borde de la cama y me miró de reojo, como esperando, o sin atreverse a decir algo. La verdad es que presentí que quería irse enseguida y sentí deseos de retenerla…Tomé sus manos; las besé con inmensa ternura y necesidad; pero me malinterpretó… además, precisamente, esa noche, ella, estaba más extraña que yo y parecía, efectivamente, que tuviera prisa en salir de la habitación y alejarse de mi presencia, como si yo le provocara, de pronto e inexplicablemente, para mí, algo parecido al rechazo…

 

“¡No es buena idea, Miguel…, lo siento!” Me dijo, y levantándose, mientras se dirigía hacia la puerta, continuó diciendo:

 

“Concéntrate en la visita de mañana, por favor, piensa en esa mujer hasta que te duermas, ¡podrías, hasta  soñar con ella, ¿no?”

Lo dijo con una especie de rabia o desprecio que, yo, no podía entender ni conocía en sus actitudes cotidianas.

 

“Puede que cuando la veas, mañana, descubras que la imaginaste tal cual es… ¡Quién sabe!”

 

Y salió de la habitación como si no pudiera aguantar por más tiempo una visión ¿odiosa, dolorosa…?

 

Me quedé pensando en lo que me dijo que debía hacer y en sus maneras, parecía enfadada ¿…? Recordé cuando era pequeño, sus regañinas después que había hecho algún estropicio. Y sonreí pensando: ¡Alguna “travesura” debió cometer Miguel con la mujer misteriosa, seguro…!

Pero lejos de pensar en aquella mujer, (que nada significaba en mi vida) seguí la idea anterior, la que me había rondado la cabeza, sin piedad, antes de que llegase Laura con su “regañina”…

 

Lo que había pensado era terrible; pero era cierto:

 

Yo, Arturo, era el artífice del presente y futuro de ¿otro hombre? Yo, era un prisionero que vivía encerrado en aquél cuerpo extraño y desconocido para mí; pero a la vez, ese cuerpo, era como una marioneta que dependía de mí para todo. Marioneta, a la que tenía que dirigir y que ya no sabía ni podía sentir si no era a través de mi ser…A pesar, de que el cuerpo fuera, aparentemente, lo importante y dispusiera de todos sus sentidos, no era nada sin mi conciencia, sin mi sentimiento, sin mi memoria y sensaciones. Lo que hubiera sido o sentido, antes, a través de otro, ya, no tenía importancia ¡Pobre Miguel…! Aunque por su cuerpo circulase la sangre y todos le recordasen y reconocieran como alguien vivo o presente, ¡estaba muerto! ya no existía.

 

 ¡Pero nadie lo sabía! estaban engañados por la apariencia... En cambio yo, Arturo…, sin mi cuerpo, preso o implantado en otro y sin que nadie supiera nada de mi vida o existencia, (a no ser yo…) estaba vivo, presente y haciendo latir, para mí, el viejo y débil cuerpo de Miguel, convirtiéndolo, en mi nuevo compañero de viaje…

¡Qué paradoja!

 

Como siempre, las apariencias, las más de las veces; son una ilusión...

Vemos solo lo que esperamos ver.

 

(Continua...)

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