Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.

El último tren
Al principio pensó en un beso inolvidable: asirla por los hombros, apretarla contra el espaldar del asiento. Impedir que se moviera, evitarle incluso la respiración durante varios segundos hasta que ella al comprender: sumisa, obediente, aceptara el contacto de sus labios.
Cruzó los brazos y volvió a contemplarla; ella permanecía quieta. Demostraba en aquel sueño una languidez igual a la muerte. Era una mujer nueva, de primer viaje, dormida frente a él, relajada, perfecta. Dos veces se incorporó y volvió a sentarse, en cada oportunidad más cerca de la mujer y más arrepentido de volver a su asiento sin valor para besarla.
El tren había llegado a su pueblo pero no se levantó. Por un momento quiso olvidarse de todo y saltar al andén, pero al mirarla, con la intención de llevarse una última imagen de aquella mujer pálida, descubrió los labios húmedos, entreabiertos; a él le pareció una premonición feliz. Por alguna razón debía continuar viaje. Permaneció sentado un par de kilómetros más. La contemplaba alerta, listo a cambiar su mirada en el instante que ella abriera los ojos. Entonces sospechó que era absurdo sobrepasar el puente del río hacia los interminables prados, a cambio de la cobardía de sólo mirar, absurdo y enfermizo como en el mirar de los borrachos que subían al tren todas las noches.
Luego, comenzó a ver las cosas de otra forma, en realidad era un imbécil y quizá ella alguna mujer inaccesible, perversa, con aquellos labios que parecían decir bésame si te atreves. Tenía que haberlo hecho antes, tenía que hacerlo ya. Protegido por la penumbra que generaba la cortina de pinos, se abalanzó sobre ella rozó sus labios y corrió hasta la puerta. Saltó a la tierra mojada y repetía: Lo hice, lo hice, mientras trataba de encontrar equilibrio entre las piedras. Rodó sobre la hierba húmeda, se agazapó tras un tronco hasta que el tren sobrepasó el puente de hierro.
Unos minutos después comprobó que nadie lo había seguido, que ni siquiera la mujer se asomó a la ventanilla para reconocerlo y acusarlo de pervertido en otra oportunidad. El valor que casi no reconocía en él lo había llenado de certidumbre, a partir de ahora su vida iba a cambiar. Una noche, quizá mañana o el próximo mes coincidirían en el tren, y ya ni siquiera tenía que ser un vagón en penumbras y casi vacío, como hoy. Entonces sí le diría, hasta esto del beso, que a él le pareció un acto de locura buena y ella lo iba a entender así, porque seguro vivía esperando un hombre como él y quizá ahora sonreía despierta por la sensación en los labios.
Regresó al pueblo siguiendo el camino paralelo a la vía férrea. La soledad y la penumbra, pero no tenía miedo. Pensaba en la mujer y sonreía con aquella cara que nunca perdió los rasgos de niño. Iba imaginándolo todo, desde su rostro lánguido hasta el encuentro futuro, sin imaginar que ya ella estaba muerta.
Es un cuento de,
Hola, amigos, qué os ha parecido el cuento de Alejandro... espero que os haya gustado, al menos, tanto como a mí. Como poco da qué pensar, a mí, incluso me hizo recordar a alguien que decía que yo era una auténtica "golosina..." al parecer, hay cosas que nunca cambiarán, maneras de mirar que convierten en víctima y verdugo alo mirado... a la mujer le tocó el papelón (entre otros) desde el origen o el genesis de ser causa de pecado y provocar efectos perturbadores en los sentidos... y hasta pérdidas de razón, que veces, hasta nos cuestan la libertad y la vida (¡porqué seremos tan provocadoras!)
Pero a lo que iba, (aunque no lo parezca) es, a recomendaros a este escritor y su obra...
Alejandro Cernuda, tiene vocación y ganas de escribir... tiene chispa en sus maneras, provoca siempre, no es nada aburrido y, creo que, también tiene una gran voluntad y parece saber muy bien qué quiere... no sé si es aventurero, pero desde luego su vida parece una gran aventura; no sé si le va la comodidad y seguridad, pero desde luego, cualquiera diría que es prófugo de ellas, seguramente, como todo ser humano tiene miedos, pero ninguno parece frenarle en su camino, así que, lo dicho: ojalá que los dos o tres visitantes que pasáis por esta casa mía (y vuestra) os deis el gusto de conocer el arte de este buen hombre y buen escritor... es mi opinión y dicha queda.
Y como guinda del cuento quiero dejar una frase de la admirada Marylin Monroe:
"Una mujer inteligente, besa sin enamorarse, escucha pero no cree y abandona antes de ser abandonada"
No cabe duda que la mujer del cuento era inteligente,.. ¿o no?