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Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.

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Sub rosa

 

 

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Algo tengo de tierra cuando siento la lluvia como el

beso de un viajero deseado.

Su derroche, despierta semillas dormidas,

acunadas largo tiempo en oscuras y profundas entrañas.

 

En el atardecer de mi alma en otoño

resucita impresiones amorosas de amaneceres que no pueden ser porque ya fueron.

Y, sin embargo, me embarga un presente dichoso.

 

...

 

La lluvia me recuerda a la niña que fui…

Sigo siendo, en mucho, tal que así…, aquella niña.

 

Me siguen gustando los impermeables celestes, los paraguas…, las botas, altas de goma… Meterme en todos los charcos; jugar  a mojarme mientras canto:

“¡Ahora no, ahora sí!!”

La mujer de ahora tiene mucho de la niña en sí... Sus ojos brillan igual

y es como  una gata desconfiada que tiene miedo al agua pero sí...

Aún llega  mojada a casa y, vuelve  muy contenta,

con su carga de bolsas y de años.

En vez de libros, suelta  la compra mientras, desde la entrada,  como siempre, grita:

“¡He Vuelto, estoy en casa!”

A pesar del silencio, ella, se siente bien,

lo mismo que entonces,  respirando su hogar.

...

 

Aquella  niña, como suele pasar siempre,

no tuvo lo que le  parecía lo mejor en todo,

pero lo vivió sintiéndose protagonista de un cuento de hadas… Privadamente, en secreto.

(Bajo su paraguas)


 

Como dicen muy bien:  "en la vida no se trata de sobrevivir al naufragio,  sino de saber bailar bajo la lluvia."

 

 

               

 

 

LLUVIA 

(Federico García Lorca)

“La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe. 

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne. 

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales. 

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre. 

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe. 

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes! 

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres. 

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave. 

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte. 

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!”

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