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Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.

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"Arroz y Flores"

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CAPITULO 1º - VIDA CONSAGRADA

 

Los más allegados bromeaban, a mi costa, diciendo  que vivía consagrada; como las monjas. Por entonces, lo tomaba a guasa y no me daba cuenta de cómo las verdades más íntimas nos las relatan otros; creando caricaturas para que nos demos cuenta; aunque, he de confesar que a mí jamás se me pasó por la mente que mi vida fuera algo así.

 

Ahora, desde otra vida y con otra mirada, sí puedo verlo claramente...

Desde que me casé, por primera vez; había vivido así:

Consagrada a la familia, a la casa y al trabajo. Creía que lo que hacía, era lo que tenía que hacer. Creía que mi vida era lo que yo quería y creía, que todo era como debía ser.

 

No sabía de tiempo, no lo sentía y  así pasaban los años; sin qe yo sintiera nada. Me sentía, hoy lo sé, como anestesiada y solo caía en su pasar al mirar a mis hijos y ... Ellos, crecieron y un día volaron del nido; lo natural ¿No?

 

Yo seguí en mi rutina sin pena ni gloria. Estaba mi marido, mi casa y el trabajo. Cosía para algunas tiendas y también, para unas pocas vecinas de la finca, amén de amigas y familia.

El tiempo, insisto, para mí no existía. Realmente ni me sobraba ni me faltaba, en mi mundo todo estaba muy encajadito, tal vez, porque siempre fui  ordenada y había aprendido a organizarlo a mi gusto. El trabajo era lo mejor  de mi vida, me distraía, me gustaba trabajar y G.a D. trabajo nunca me faltó... 

 

Un día, mi marido enfermó y no tardó mucho en morir.

Yo seguí, después, como siempre, entregada a mi trabajo y mi casa en cuerpo y alma -consagrada-

Con la desaparición de Antonio (así se llamaba mi marido) comprendí, realmente, que; aunque le quería, respetaba y le estaba agradecida porque había sido un buen hombre para mí y un buen padre para sus hijos; no había sido, en mi vida, tan importante como había creído yo, hasta entonces. Me di cuenta que lo verdaderamente importante para mí y lo que llenaba mi mundo, era el trabajo.

El trabajo era lo que me unía y acercaba a las cosas y personas diferentes. Era, lo que me ofrecía otras caras del mundo y otras experiencias, para mí, más importantes e interesantes que las proias...

Era, en resumen, lo que alimentaba mi hambre de vida, aunque no me diera ni cuenta. Pero, paradójicamente, también lo había usado para evitar arriesgarme o como justificación... Siempre que había tenido un ofrecimiento o una oportunidad para hacer algo distinto, me había excusado diciendo que no podía por trabajo.

 

En mi bloque tenía un par de vecinas con las que compartía una buena amistad. Una, era viuda y la otra, solterona, con perdón. En mis tiempos, era como se decía ¿Comprendes?

 

Un día, Rosa y Mª Carmen (así se llamaban mis amigas del alma) comezaron a insistirme en que saliera con ellas de paseo, al cine, a merendar, en fin, que querían que saliera de mi enclaustramiento. Decían, de broma, que comenzaba a oler a rancio y necesitaba aire fresco.

Entre sus invitaciones y mis excusas iba pasando  el tiempo. Pero estaban tan pesadas con el tema, que ya cada vez que venían a pasar un rato en casa conmigo, en vez de ponerme contenta, me echaba a temblar, pues ya no sabía qué inventarme para evadir sus intentos de sacarme de mi casita. Hoy, al recordar, aún no puedo comprender a qué tenía miedo; pero era ese sentimiento el que me invadía, cada vez que pensaba en esas salidas fuera de mi rinconcito de costura.

En estas, Rosa, unas navidades, pilló una buena gripe y la buena de Mª Carmen, aprovechó para insistir aún más en que tenía que acompañarla. Encima, hacía un tiempo que asistían a unas reuniones de hombres y mujeres. Me contó que había un señor que le gustaba y que estaban conociéndose, que  no podía faltar, porque cualquier otra aprovecharía para "robarle el galán..." La verdad, supo cómo coaccionarme; me sentí obligada ¡Cómo iba a dejar en un apuro  así a mi buena amiga!

Así que un 28 de Diciembre, día de los santos inocentes,(mire usted por donde) por la tarde, me dispuse a prepararme para tal evento. Tenía el corazón "acelerao", como si en vez de ir a una sencilla y agradable reunión de amigos, fuese a ir de jurado a un juicio...

Después de tantos años, por primera vez, al mirarme al espejo, me di cuenta, de que el tiempo no había estado parado, como parecía. Había existido aunque no lo hubiera sentido, ¡insensible de mí!

Mi cara y mis ojos, me contaron, de un solo vistazo, los casi sesenta años  recorridos y grabados en el semblante que estaba contemplando.

En pie, mirándome y desconociéndome, me pregunté extrañada si no habrían cambiado el espejo... ¿Me estarían gastando una broma de mal gusto..., lo habrían cambiado por uno de feria...?

No tardé en aceptar y comprender que hacía siglos que no me miraba, o que miraba sin interés en ver la realidad...

¡Qué tristeza me embargó! Era como si de pronto me contaran que no volvería a ver a una persona muy querida. Cerré los ojos desbordados en lágrimas:

 -¿En qué riberas fuí abandonando el espíritu de la mujer que era? ¿Qué capas secas y tristes la ocultaban ahora...? ¡Cuán crueles, cobardes e insensibles podemos ser con nosotros mismos!-

Me vine abajo. Estuve a punto de ir a buscar a mi amiga para decirle que no podía acompañarla. Pensé que con la cara que se me había puesto, de tanto llorar,  me creería cuando le dijera que me sentía enferma...  Pero al fin, comprendí que no podía volver a lo mismo, que tenía que enfrentar, al menos, alguno de mis miedos. Así que disimulé como pude las rojeces e hinchazones de ojos y nariz y busqué; en el armario, mi mejor vestido y los tacones más altos. Me los puse y...

Y salí del claustro, dispuesta a  arecoger a Mª Carmen, tal como habíamos quedado: A las cinco...

 

A las cinco de la tarde jaja ¡Como un torero! 

Con miedo al fracaso y  la posible cornada,

pero andando y paseando el ruedo

 valiente, sonriente...¡Como si nada!

(Continuará...)

 

Saber vivir para sabera morir

 

 

 

 

 

 

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