Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.
LA EXISTENCIA SI NO SE COMPARTE QUEDA SIN SENTIDO
***
est miser nemo nisi comparatus
«Nadie es desgraciado sino por comparación». Séneca
Querida Marion ¿me escuchas? Pues continúo…
Hoy, quería contarte cómo Amélie y su familia entraron en mi día a día y se convirtieron en parte importante de mi vida como mis mejores presentes. Regalos, que agradezco en cada despertar y que, cada noche, me hacen descansar más tranquilo o seguro en medio de todo.
Me remontaré a esos tiempos en los que, aún habiendo pasado ya bastantes años de tu marcha, yo, seguía muy encerrado y obstinado en mi tristeza. No quería aceptar la realidad de tu partida… Vívia fuera de..., como esperando que ocurriese algo que cambiara lo irremediable y te devolviese a mi vida. Y no dejaba de comparar mi vida del momento con la que había disfrutado a tu lado. Esa comparación era mi mayor condena y castigo, pues de la comparación nace casi siempre la desdicha.
Además de solitario y melancólico, me volví egoísta y censor de todo; también de todos comenzando por mi mismo... Poco a poco y paso a paso, casi, un ser amargo. No sentía gusto en nada, me negaba a apreciar lo que tenía, lo que me rodeaba... Era como una lámpara sin aceite. Mis ojos, carecían de la luz del amor para valorar la vida y sus lecciones…
Pero, las circunstancias se confabularon contra ese destino de sombras nacido de la desesperación y la negación.
La vida, nuevamente, me mostró quién mandaba y, desde luego, no era ni soy yo. Ella, se encargó de abrirme un nuevo camino, por el que me echó a rodar sin permiso por mi parte.
Sí, un inesperado encuentro vino a cambiar mi rumbo, querida Marion…
Lo recuerdo como en una especie de sueño vívido, como sucede con las grandes experiencias de la vida y que, al volver sobre ellas, nunca son un recuerdo, sino una continua visión que te hace presenciar todo, al instante, como a cámara lenta y, detalle por detalle…
Te cuento:
Iba por la calle paseando, como de costumbre... Absorto, perdido entre el bullicio de la gente…, me sentía un fantasma, o sea, invisible y agradecido de que así fuera.
No sé cómo comencé a sentir, más que a oír, un aviso interno y una voz algo lejana muy preocupada y asustada, gritando:
“¡Párate, para, por favor, espera…!”
Busqué a la dueña de esa voz y pude ver, a lo lejos, una mujer embarazada, que, sujetando su barriga, corría tanto como podía mientras gritaba muy angustiada…
Comencé a buscar intentando imaginar a quien gritaba y perseguía…
Enseguida encontré, que una criaturita, de apenas dos años, corría unos metros por delante de ella... Riendo muy divertida, por su travesura y al descubrir, que podía correr más que su mamá…¡Qué diablillo!
Era una niña, como digo, muy pequeña, pero cualquiera diría que la perseguía el lobo y no su madre, por lo rápido de su carrera… Yo, estaba en la misma acera que ellas, pero nos separaba una calle, que partía en dos la que íbamos transitando. Una calle, circulada por coches ¡imagínate!
Por eso era, Marion, que la madre gritaba como gritaba ¡pobrecita!
Todos miraban divertidos e inconscientes a la niña, sin caer en la cuenta del peligro que corría…
Gracias a Dios, yo pude darme cuenta y eché a correr…, crucé justo a tiempo, alzando los brazos, como señal de peligro y de advertencia a los conductores que se acercaban … La niña, venía directa hacia el cruce, pero no podían verla, puesto que era pequeña y en la misma esquina había un coche aparcado, que impedía su visibilidad… Venían acercándose, apenas, un par de coches, que al verme; frenaron y se apartaron como pudieron, … aunque, uno de ellos, ya despacio y de refilón, me dio y acabé en el suelo … La niña, en su loca carrera, al fin; tropezó conmigo y me cayó encima. Yo, Marión, no sé qué me sucedió, pero al ver que el peligro había pasado y que la pequeña estaba bien, la abracé emocionado, agradecido a la vida, lleno de un sentimiento que hacía mucho no sentía… Fíjate, que el conductor del coche, después de comprobar que no había sucedido nada grave y no tenía nada roto, dijo, muy nervioso:
“¡Menudo susto nos ha dado su nietecita eh!!?!”
No me dio tiempo a responderle, porque en eso llegó la pobre madre, se arrodilló junto a los dos y nos abrazó llorando de alegría…
Después, ¡Qué lío, Marion…! querían llevarme al hospital. Pero yo no quise, ¡para qué…! hacía tiempo que no me sentía tan bien, tan sano y contento, ¡tan vivo y agradecido de estarlo!
Viendo la madre, que no había forma de convencerme, al final, preguntó a la niña:
“¿Qué te parece si nos vamos con "el abuelito" a la cafetería de enfrente y le invitamos a un chocolate calentito?”
Y eso hicimos, amor... Tomamos a la niña de una mano cada uno (por si acaso jeje) y nos fuimos, juntos, a tranquilizarnos un poco, como si en verdad fuéramos una familia...
¡Qué sensación,Marion…! Era como si acabara de salir de un largo encierro y respirara aire limpio después de mucho tiempo.
...
Bueno, amor, así fue como encontré y fui conociendo a esas personas, (dos, tres, cuatro…), que no me son nada indiferentes y gracias a las cuales, comprendí lo necesitado que estaba de dar y recibir, de cambiar en lo posible... Pues, la existencia, como ya sabes tú, si no se comparte, queda sin sentido, como muerta…
Una lección, que había olvidado y que la vida, fuente inagotable, me volvió a dar en una nueva oportunidad.
Sí, le dí la mano a la oportunidad que me brindó el destino... sé que tú me dirías,
" eso es vivir"