Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.
¡Cómo pudo suceder algo así...!
Desde Ayer
Me despertó un escalofrío al tiempo que alguien acomodaba mi manta… Abrí los ojos y vi a Laura agachada, recogiendo el libro que debió caérseme mientras dormía. Se incorporó con él en las manos y me lo devolvió con una de sus sonrisas de: “¡Buenas tardes, cariño!” ¿Qué tal pasaste la mañana…?” a lo que respondí, (como siempre), que nada diferente “desde ayer” había sucedido:
“Ningún cambió Laura…, mi locura es incurable”.
Ella, me besó con ternura y me dijo:
“Pues “desde ayer" te quiero yo… y pienso que así seguirá siendo por siempre. No te librarás de mí porque hayas perdido la memoria…La locura que siento por ti, tampoco tiene cura, mi amor”.
… Y, eso, debía ser su amor por mí, una locura. ¿Cómo era posible que siguiera tan enamorada, si después de “mi despertar”, no logré nunca recobrar la identidad deseada por ella. La historia y personalidad que me suponía no existía. Aquella identidad, de la que se enamoró y compartimos, según todos -no sé dónde ni cuando- no me había pertenecido nunca.
...
Después, de aquél día en que entré a este mundo, nuevo para mí, y directamente desde otro... Cuando volví a recobrar el sentido, en aquella habitación de hospital desconocida, ni siquiera pude reconocer la cara y el cuerpo que me envolvían. Realmente, me sentía o era como un recién nacido viejo. Venido a estar en el cuerpo de una persona extraña, sin dejar de ser, internamente, otra. Llegado aquí, según mí conciencia, de un tiempo y espacio distintos de aquellos otros que conocía.
Una noche, me había acostado con una personalidad y un cuerpo conocidos que sentía y vivía como míos. Pero desperté dentro de un mundo y un cuerpo diferentes, conservando, sin embago, mi antigua personalidad. Y todos, me hablaban de alguien desconocido ¡como si fuera yo mismo!
Recordaba ser un joven llamado Arturo, pero todos me llamaban, Miguel. Era como si hubieran trasplantado mi conciencia y personalidad a un cuerpo ajeno y de otro tiempo. Allí, nada me pertenecía, a no ser, la memoria y el recuerdo de alguien del que solo yo era consciente.
Con el agravante, dramático, de que al ver bien la cara de aquella mujer llorosa, que no se quería apartar de mí en el hospital, la reconocí como a mi madre… Sí, era ella, aunque mucho más vieja -Incluso se llamaba igual- Pero los lazos que nos unían en esta vida, eran muy diferentes; porque Laura, ya no era mi madre, si no mi esposa. El descubrimiento fue terrible… Recuerdo, cuando al mirarla y reconocerla la llamé mamá y ella, pensó que desvariaba.
Un poco asustada preguntó:
“¡Cariño,… Soy Laura, tu mujer! ¿Recuerdas…? Tú siempre me llamabas Lau. ¡Oh, Miguel, mi amor… ¿No puedes reconocerme…?”
...
¡Pobre Laura!
Nunca pude llamarla así: "Lau". Llamar Laura, a mi madre, ya me costó; pero de ahí, no pude pasar.
Mi nuevo cuerpo, al igual que el de ella, era el de un hombre maduro. Tenía 60 años.
...
Durante mi estancia en el hospital; poco a poco, todos, amigos y familiares, se fueron presentando, contándome cosas e intentando hacerme recordar. Pero, poco a poco, también, fueron acostumbrándose a que no les reconociera y les tratara como a desconocidos.
Y, también llegó, para mí, el temido día en el que me dieron el alta y salí del hospital. Volví… volvimos, Laura y yo, a la que, me dijo, era nuestra casa.
"Al hogar de Laura y Miguel"...Me contó, ilusionada, mil y un detalles, pero; naturalmente, no lograba recordar nada. Mi memoria o historia era de otro mundo y de otra persona. Yo, había sido extraído y transplantado, cual planta, de un tiesto a otro, de una tierra a otra...
¡quién sabe cómo, porqué y para qué!
...
De toda aquella vida nueva, lo único que me resonó un poco, fue una referencia a la fiesta nacional de los toros. Al parecer, el hombre que se suponía que yo era, se dedicó a eso en su juventud. Paradójico y chocante, dado que a mí nunca me pareció civilizado ese tipo de espectáculo y lo detestaba. Naturalmente, no me atreví a comentar nada, ni con Laura, dado que no me sonaba de mí, sino de la historia que mamá me contara sobre la familia de la que venía y a la que no llegué a conocer jamás.
...
Mi vida fue una tortura… No me reconocía en el espejo y al hablar, me desconcertaba el sonido y la vibración que producían aquella voz -¡tan extraños a mi ser!-
Como tortura, resultó también,
no poder sentir y amar a Laura como esposa, siendo como era, una mujer tan tierna, cariñosa y apasionada.
No poder corresponder a su amor, era el duelo que se renovaba cada día… Cuando en alguno de sus arrebatos me abrazaba y besaba, buscando correspondencia, me veía arrojado al mismo infierno.
Un infierno de silencio que llegué a aceptar cual tortura irreversible, siempre callado y siempre fingiendo...
Mi vida, era toda un simulacro.