Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.
6
Paradoja
Presente y futuro de ¿otro hombre?
Hacía más o menos un año que había salido del hospital. Laura y yo, seguíamos sin compartir habitación; aunque, poco a poco, iba cediendo algo en sus deseos de cierta intimidad, a pesar, del suplicio que, para mí representaba aceptar sus caricias e ir correspondiendo, como podía, a sus arrebatos de pasión…Era muy doloroso, tener que mentir, cuando aceptaba compartir la idea, de que muy pronto, volveríamos a actuar como la pareja enamorada y apasionada que, según ella, éramos. Pero más doloroso aún, era pensar en confesarle la verdad. Decirle lo que representaba y era para mí, realmente, hubiera sido una crueldad. Alguien, como ella, que, en distintas vidas, se había entregado a amarme y cuidarme en cualquier forma posible…ya como madre, ya como esposa o amiga. Sentía que merecía el sacrificio de mi silencio, o al menos, eso pensaba por entonces…
Antes de irse a su habitación y despedirse hasta el día siguiente, una noche; Laura, me dijo que tenía que pedirme un favor. Asentí y la animé a continuar, contento, al descubrir que había algo que podía hacer por ella. Me contó que una mujer que yo había conocido en el pasado, estaba interesada en verme y, que le parecía bien porque, tal vez verla, me ayudaría a recordar algo.
Me interesó saber qué relación habíamos tenido, para que pensara, que el reencontrarla; podría provocarme lo que no provocó verla a ella misma, o a todos los demás; así como también, el resto de cosas o detalles que me habían ido mostrando y relatando con esa intención… Me dijo que fue alguien crucial en mi destino, alguien que me había marcado, especialmente, para siempre. Y, más superficialmente, que se trataba de la hija de alguien importante en el mundo de los toros al que causé buena impresión, por aquellos tiempos, en los que esa afición era mi sueño. Me contó, que tanto, esa mujer, como su padre, pusieron muchas esperanzas en mí, llegando a tener, ambos, una gran relación de confianza conmigo y, también, en mi futuro como matador de toros…
No me dijo más, aunque, desde que empezó a hablar, se notaba que lo hacía como guardando o restando parte de la historia, algo esencial… Pero; pensé que lo hacía porque lo que se esperaba era producir una sorpresa y conmoción que me hicieran reaccionar, activando así, el recuerdo de esa vida olvidada.
Pocos días después, Laura, me anunció que había quedado para la mañana siguiente con aquella mujer. Me negué en principio porque, ella, trabajaba por las mañanas y no estaría con nosotros; le pedí que cambiara el encuentro para un momento en que estuviera libre y pudiera estar también. Pero me dijo que era eso, precisamente, lo que pretendía; que nos encontrásemos a solas…
Aunque no me atraía nada dicha ocurrencia, no podía hacer otra cosa sino aceptar. Pensé que era lo justo para mi esposa. Que se lo debía, ¡si ella pensaba que eso podía ayudar…!
Aunque dentro de mí, todo indicase que era imposible conectar con algo que no había vivido, o con alguien ajeno a mi…, pues sencilla e íntimamente, no sabía cómo había sucedido todo aquello ¡no tenía ni idea!; pero sí sabía que no había perdido ninguna memoria de mí o del pasado, pues recordaba perfectamente quien era y quien había sido…
¡Ese pasado, del que me hablaban, no lo podía recordar, sencillamente, porque no era el mío! ¡Porque yo, no era Miguel…! Aunque, de repente, como por una maldición del destino, para mi horror, hubiera despertado un día, encerrado en un cuerpo ajeno. Y para mayor desgracia, en el cuerpo del esposo amado y deseado por una mujer a la que yo conocía y recordaba como mi madre. Por lo que no podía quererla o buscarla como otra cosa que no fuera esa. Ni siquiera podía intentarlo. En mi ánimo, no cabía ninguna esperanza como soñaba Laura. ¡Cómo un hijo, en su sano juicio, podría…! Pero, ¡Cómo podría evitar aquél martirio constante, sin romper el corazón de ella…!
Aquella noche, me fui a la cama con una sensación o idea extraña. Cuando Laura entró en la habitación, a pesar de todos mis temores, deseé hablar con ella, contarle, preguntarle, en definitiva ¡confesarme!... como cuando era solo un niño, su hijo, y ponía toda la confianza en ella, mi madre…Se sentó al borde de la cama y me miró de reojo, como esperando, o sin atreverse a decir algo. La verdad es que presentí que quería irse enseguida y sentí deseos de retenerla…Tomé sus manos; las besé con inmensa ternura y necesidad; pero me malinterpretó… además, precisamente, esa noche, ella, estaba más extraña que yo y parecía, efectivamente, que tuviera prisa en salir de la habitación y alejarse de mi presencia, como si yo le provocara, de pronto e inexplicablemente, para mí, algo parecido al rechazo…
“¡No es buena idea, Miguel…, lo siento!” Me dijo, y levantándose, mientras se dirigía hacia la puerta, continuó diciendo:
“Concéntrate en la visita de mañana, por favor, piensa en esa mujer hasta que te duermas, ¡podrías, hasta soñar con ella, ¿no?”
Lo dijo con una especie de rabia o desprecio que, yo, no podía entender ni conocía en sus actitudes cotidianas.
“Puede que cuando la veas, mañana, descubras que la imaginaste tal cual es… ¡Quién sabe!”
Y salió de la habitación como si no pudiera aguantar por más tiempo una visión ¿odiosa, dolorosa…?
Me quedé pensando en lo que me dijo que debía hacer y en sus maneras, parecía enfadada ¿…? Recordé cuando era pequeño, sus regañinas después que había hecho algún estropicio. Y sonreí pensando: ¡Alguna “travesura” debió cometer Miguel con la mujer misteriosa, seguro…!
Pero lejos de pensar en aquella mujer, (que nada significaba en mi vida) seguí la idea anterior, la que me había rondado la cabeza, sin piedad, antes de que llegase Laura con su “regañina”…
Lo que había pensado era terrible; pero era cierto:
Yo, Arturo, era el artífice del presente y futuro de ¿otro hombre? Yo, era un prisionero que vivía encerrado en aquél cuerpo extraño y desconocido para mí; pero a la vez, ese cuerpo, era como una marioneta que dependía de mí para todo. Marioneta, a la que tenía que dirigir y que ya no sabía ni podía sentir si no era a través de mi ser…A pesar, de que el cuerpo fuera, aparentemente, lo importante y dispusiera de todos sus sentidos, no era nada sin mi conciencia, sin mi sentimiento, sin mi memoria y sensaciones. Lo que hubiera sido o sentido, antes, a través de otro, ya, no tenía importancia ¡Pobre Miguel…! Aunque por su cuerpo circulase la sangre y todos le recordasen y reconocieran como alguien vivo o presente, ¡estaba muerto! ya no existía.
¡Pero nadie lo sabía! estaban engañados por la apariencia... En cambio yo, Arturo…, sin mi cuerpo, preso o implantado en otro y sin que nadie supiera nada de mi vida o existencia, (a no ser yo…) estaba vivo, presente y haciendo latir, para mí, el viejo y débil cuerpo de Miguel, convirtiéndolo, en mi nuevo compañero de viaje…
¡Qué paradoja!
Como siempre, las apariencias, las más de las veces; son una ilusión...
Vemos solo lo que esperamos ver.