Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.
Por Flora
Ramita de otro árbol
Aquél día, a pesar del descubrimiento, supe menos que nuca, quien era. ¿De qué pasiones venía yo? ¿Hacia dónde dirigir mis pasos después de...?
Sentí el rastro de dolor que la confusión y la injusticia provocan en todo ser humano. Por primera vez me sentí solo, perdido ¿Querría mi madre volver a encontrarme?
Más tarde, solo, ya en mi habitación, a pesar de los nuevos sentimientos que acababa de descubrir en mi madre, me atreví a creer, nuevamente, en ella, sin miedo. Mi madre sí me conocía, me quería y sabía de mi inocencia pese a cualquier resentimiento involuntario. ¡Porqué si no me adoptó!
Siempre vivió para mí. Tal como me había dicho tantas veces, se sentía llena conmigo, de nuestra vida y con mi cariño. Ella me rescataría otra vez, era la única que podía ir alumbrándome, como siempre, en mi camino.
Pero sentí miedo -miedo por ella- porque no pudiera comprender que la aceptaba como era, también con ese dolor enquistado de su corazón humano.
A mí, no me importaba cómo llegué a ser su hijo, ni quién hubiera sido ella. O quién, pudiera ser más allá de lo que para mí representaba en este mundo... Ese mundo engañoso y tan aparente, que parece cambiar de un día a otro cuando apenas es distinto, en lo esencial, del de hace dos mil o más años...
Y presentí, que por encima de todo, tenía que seguir confiando. El mal momento pasaría para ella... Para ambos y, poco a poco, descubriríamos que nada había cambiado entre los dos. Si bien, yo no era sangre de su sangre, sí era, la fuerza de vida de su propia fuerza y energías, o, como ella decía:
“Tú eres un injerto del alma que me brotó como hijo.
Ramita de otro árbol, en mí, vivo”
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