Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.

Perdóname...
Laura volvió más tarde que de costumbre. Llegó nerviosa y cansada. Le dije que tal vez un baño le vendría bien. Me dijo que sí, que venía pensando en lo mismo, en tomar un buen baño de sales y en que yo le diera, después, un masaje con algún aceite esencial.
“¿Qué te parece…podrás?” Me preguntó con una mirada insinuante.
“¡Claro! ¡Por qué no… me parece perfecto!” Le contesté.
“Hace siglos que no lo haces...” Dijo riéndose y como si pensara en voz alta, solo a medias, sin completar el pensamiento.
Ella, se fue hacia el baño y yo, totalmente acobardado, me fui hacia el patio... A respirar y buscar fuerzas para lo que me esperaba o, para salir corriendo ¡Si al menos fumase…! -pensé-
Recuerdo el torbellino de pensamientos que me asaltó:
Parece que no piensa seguir esperando a que me decida yo. Ha debido darse cuenta de mi miedo y lo ha confundido con timidez o indecisión… Seguro que piensa que puede ayudarme o facilitarme la iniciativa provocando la situación.
Ha llegado el momento temido y no sé cómo escapar… ¿No sería mejor que le explicara todo, o que le dijera alguna mentira más…, que no la quiero, que no me resulta deseable…? ¡No…! eso, la destrozaría. Bastante soporta ya… Además, no te adelantes, tu miedo te hace suponer, fantasear y ver amenaza en su intención, pero; seguramente, solo se trata, como te dijo, de un masaje…
¡Joder! Arturo, ¡Tranquilízate! ¿Recuerdas cuando mamá te masajeaba el cuello después de estar estudiando por la noche para algún examen? ¿O cuando tú, masajeabas sus pies después que había estado muchas horas de pie?
¡¿A qué viene tanto acojone? ¡Tranquilo, verás que ella, no espera nada más!
¿O, tal vez, sí? ¡Diooos!...
Sí, todo eso y más pensé en aquellos instantes mientras esperaba que un milagro me salvase de algo así como una condena incapaz de aceptar o cumplir.
Estaba sentado, de cara al muro del patio que daba a la calle, como si viera, a través de él, el ir y venir de la gente, gente; que envidiaba por imaginarla libre.
Me levanté, intentando cortar con mis pensamientos y, al darme la vuelta, la ví mirándome desde el otro lado de la ventana, envuelta en su albornoz. La saludé con la mano y una sonrisa sincera. Verla, a pesar de todo, ¡siempre me producía una sensación tan agradable…! Ella, correspondió a mi saludo y se dio la vuelta, rápidamente, desapareciendo de mi vista. Me fui directamente hacia la casa. Al entrar, comprendí... Estaba al otro lado de la sala, hablando por teléfono…
Y mis pensamientos volvieron a la carga:
Hacía ya más de un mes, desde que recibí la visita de aquella mujer que fue capaz de darse cuenta, en solo unos instantes y sin apenas cruzar dos palabras, que yo, no era Miguel. Sin embargo, nadie más, ni siquiera Laura, se daba cuenta de esto… Tenían la coartada, de que había perdido la memoria. Eso, según ella, justificaba que yo fuera distinto y totalmente opuesto en gustos y todo lo demás a como fuera antes. En ciertas ocasiones me preguntaba:
“¿Me encuentras guapa o fea?” yo decía: “¡Guapa, claro, eres guapísima!”
“¿Ves…? ¡Te gusto!, no puedes remediarlo jaja… ¡Es suficiente!
Volveré a conquistarte”
Decía riendo y besándome, para terminar con su frase favorita:
“¡Te volveré loco, loco…, ya verás, Migüe!”
No sé porqué, a veces, le gustaba llamarme así: Migüe
¡Pobre Laura! No conocía la verdad:
Que era una mujer madura, intentando seducir a un muchacho aún virgen que además era su…su… ¡Oh, Dios! ¡NO, no, bastaaaaaa! ¡No puedo, no puedo más! Tenía que hablar con ella, tenía que buscar… ¡Tenía que haber una salida a esa pesadilla…!
En ese justo momento, Laura colgó el teléfono, vino hacia mí y se sentó, arrebujándose, a mi lado. Olía maravillosamente. Me eché a temblar, presentí que buscaba algo más que un masaje, ¡Oh, Dios, no! ¿Porqué no comprende que no soy el hombre que busca?
Cogió mi cabeza entre sus manos, la giró suave y lentamente hacia ella y como quien va a beber o comer directamente de ellas, comenzó a mordisquear mi nariz, mis pestañas, mis cejas…, (me retiré lo que pude) ella, ni se inmutó. Comenzó a decir no sé qué cosas, (era imposible entenderla) estaba tan cerca que con cada palabra que articulaba, sus labios, iban rozando mi boca, mis mejillas, mis orejas, mi garganta,… me estaba quemando con su aliento, no podía ni pensar que… Intenté apartarme, desesperado, pero ella hizo caso omiso. Comenzó a desabrochar mi camisa y besó mi pecho, después, mirándome, turbadora y llena de un loco deseo preguntó:
“Y qué… -dijo- "¿Tienes ya las manos calentitas, matador?” Me quedé horrorizado. Ella, parecía estar en trance, no se daba cuenta de mi estado…Se puso en pie, desató el nudo del albornoz y comenzó una especie de danza en la que conseguía abrirlo y cerrarlo, insinuándose con cada movimiento. Parecía una ola lamiendo, sensualmente, la orilla de una playa abrasada por el sol…
...
No pude seguir allí y salí corriendo. Huyendo…No sé cuanto tiempo pude estar recorriendo calles y calles sin parar, sin ver ni pensar nada, como sonámbulo. Al fin, caí derrumbado y llorando sobre un banco…
¡Oh, Laura, Laura…!
¡Oh, Dios! ¿Qué sentido tiene todo esto?
¡¿A Qué Juegas, conmigo, Dios Mío! ¿Qué esperas de mí?
¡¿Quieres que me mate… ¡DÍ! ¡¿Es eso lo que esperas que haga!?
¡Y, DIME, DIOS, PAGARÉ POR UN CRIMEN O POR DOS!
...
¡Laura, perdóname, perdóname…!
No supe hacer otra cosa.
...
Aunque me hubiera tomado por loco, aunque hubiera sufrido
¡Porqué no le conté la verdad cuando aún estaba a tiempo!
¡Perdóname, aunque sea tarde!