Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.
11
El recuerdo es la flor "siempreviva" de nuestro jardín
Después de comer, Arturo y yo, cruzamos el parque en dirección hacia su casa. Había comprado una tarta de tres chocolates (la preferida por los niños) para invitarnos a merendar esa tarde. Cuando llegamos, me dijo:
-Mientras preparo un café para nosotros, llámales y queda para luego, y…y dí a los peques, que además de la tarta, escogí, también, algo solo para ellos. Diles… diles que el envoltorio es como de oro… ¡dorado! jaja, y que tiene forma de moneda, pero que no pueden engañar a nadie, ni comprar, con ellas nada ¡Eso, diles eso! ( y me guiñó un ojo riéndose divertidísimo;)
-Lo dirás así, ¿verdad…? –Preguntó inquisidor-
-Sí, palabra por palabra…anda, vete, pesado, que me muero de ganas por el café. Dije, casi empujándole hacia la cocina…
Se le veía disfrutar con el jueguecito tonto…
A los niños y a él, les encantaban ese tipo cosas. Siempre andaban, los tres, enredados con pistas y adivinanzas que solo ellos, decían, podían entender; pero que entendíamos todos jaja… Creo que lo hacían con la intención de atraparnos en la tontería, o es que había más y solo querían despistarnos, dejándolo tan claro…, dicen que la mucha luz deslumbra y ciega ¿no’?! Pues eso; pero, no sé, no sé…pienso que solo querían divertirse unos con otros y de paso, “embaucar” a cuantos más mejor. Cuando eres pequeño, cuanto más tonto sea un asunto más te ríes ¿verdad? Y Arturo, cuando estaba con ellos, era como el más chico de los tres. Al ser adulto, parecía el más alucinado del trío y también, el más empeñado en reír y divertirse con lo más tonto o simple que surgiera o se inventasen…
Al ratito, volvió con todo lo necesario en una bandeja, preparado, para servir… y mientras lo iba poniendo sobre la mesa preguntó muy interesado:
-¿Qué te han dicho mis compis, niña?
¡Tú qué crees…? –solté riendo, sin poder contenerme-
-Yo no soy creyente, nena, ya lo sabes (se burló)… ¡por favor! Venga… ¿Qué mensaje te han dado para mí?
-Está bien, te lo digo…
-Pues se han reído un rato. Y después, dijeron, que tu regalo, les va a durar en las manos, lo mismo que un par de chocolatinas, ni más ni menos…
Comenzó a reírse como si le hicieran cosquillas, mientras decía: -¡lo sabía, lo sabía…!
-¡Está clarísimo… Arturo, es adivino! (dije)
Y… y, como la risa es contagiosa, pues yo, acabé como él, a carcajada limpia. Ya, ya sé que no es ni para mucho ni para poco, y que no tiene ninguna gracia contado así, -hay que vivirlo- pero sucedió como lo cuento. Y quien tenga contacto con niños, sabe que es así y que se ríen con todas sus ganas de lo más inverosímil. Que se dejan llevar y contagian (a veces) su estado y, en aquél momento, Arturo, fue ese niño capaz de contagiarme…
Cuando pudimos dejar de reírnos tan a lo tonto y a lo bestia, -sin control- nos pudimos, al fin; tomar el café…Mientras, fuimos comentando recuerdos de nuestra niñez. Pero la historia o recuerdo importante (a mi juicio) de la tarde, iba de un perro…
“Fuimos grandes compañeros, mi perro y yo.” –Comenzó:
“A mí siempre me gustaron mucho los animales, pero; sobre todo, los perros… ¡Miran y piden amor de una manera tan noble y dulce! Y siempre están tan dispuestos a hacer amigos, a jugar, a acompañarte…¡Son tan leales!
Le había pedido muchas veces permiso, a mamá, para tener uno en casa. Pero, ella, siempre fue rotunda con ese asunto. Daba igual si le suplicaba, si le prometía… No había manera. Llegué a estar obsesionado. Fíjate, que incluso, intenté que se sintiera culpable. Y un día le dije:
-ya que no puedes darme hermanos, al menos… Pero nada, no tuve manera de convencerla, se reía en mis narices, sin ni siquiera enfadarse. Lo tenía claro y estaba tranquila. No había fisura ni grieta en su ánimo por donde derribar aquella fortaleza, pero... Pero, el hombre propone y… y la providencia se interpone, dispone y…”
Arturo se quedó callado, algo absorto en sus recuerdos. Así que “le desperté” y mientras tocaba su hombro pregunté:
-¿Y…?
“-Caminaba de vuelta a casa por la tarde, después de jugar un partido, cuando empecé oír una especie de gruñidos lastimeros… me paré en seco, no sabía de dónde venían, pero los sentía cercanos,… agucé el oído. Poco a poco entendí que venían de unos contenedores de basura de al lado. Me acerqué, abrí uno y vi una caja de cartón completamente cerrada con cinta de pegar. La saqué y me dí cuenta, enseguida, que allí dentro había un animalito encerrado…La abrí rápidamente y me encontré un perrito desesperado, medio agotado, intentando salir ¡Pobre animal! No se habían molestado ni en matarlo, siquiera, antes de encerrarlo en la pequeña caja, que tiraron, después, dentro del contendor de basura… Parece que ni pensaron qué calvario tendría que sufrir mientras se asfixiaba luchando por liberarse…”
-¡Qué gran compasión despertó en mí aquella pequeña criatura, amiga mía!
“Cogí, cuidadosamente, la bola de pelo con las dos manos y asegurándola contra mí, eché a correr como una bala hacia mi casa. Entré como loco en ella… mamá se sobresaltó mucho al sentirme entrar de aquél modo, no sabía qué me podía haber pasado y se asustó. Fui directo a la cocina con él y le puse agua en un plato, no podía andar preguntando, ni buscando… Laura, entró al momento y vio el cuadro; se quedó clavada en el sitio. ¡Imagínate, después del susto ver…ver a un perro en su cocina! No le salía ni la palabra. Se quedó cual estatua y con muy mal semblante, ¡pobre!, a mí me daba miedo mirarla de frente. Pero la miraba, temeroso, de reojo…
Cuando reaccionó, conteniéndose, preguntó:
-¿Qué es esto Arturo?
Le dije la verdad, amiga:
-Un perro mamá… -Fue a contestar enseguida, creyendo que me burlaba, por la respuesta dada; pero no la dejé, y ya, llorando seguí-
-¡Es un perro VIVO (recalqué) un perrito que han tirado A LA BASURA! (recalqué de nuevo). Lo escuché de milagro, mamá… estaba en una caja cerrada con cintas de pegar. Estaba casi ahogado ¡ni te imaginas! Gruñía y gracias a eso lo pude oír y encontrar…
-Mamá se acercó y puso sus manos en mis hombros. Alcé la mirada, hacia ella, desconsolado y rogando seguí-
Siento lo del plato mamá, de verdad, lo siento mucho… no podía esperar ¿comprendes…?
No lo eches, mamá, él no tiene la culpa de nada…¡por favor, mamá, perdóname… no tuve más remedio! … me ocuparé de todo, no dejaré que te moleste…y
pagaré el plato nuevo, también…
Mamá, ya calmada y conmovida, dijo:
-Entre los dos, mi amor…
-¿Pagarás tú la mitad del plato mami? Le pregunté (¡qué tonto era, Améli!)
-No, cariño, (dijo, mientras revolvía mi pelo, tal como le gustaba hacer a menudo) lo que quiero decir, es que cuidaremos a tu nuevo amigo, entre tú y yo. El plato “o los platos rotos”, los pagará mamá, como siempre… Hay hábitos, que no pienso colgar nunca, y, votos sagrados e irrenunciables… ¡Bendito niño de mi corazón!”
- Se agachó y acarició al perrito, después, se levantó y me abrazó fuerte, muy fuerte. Estaba… estaba llorando, Améli."
Entonces, Arturo, se vino abajo, cubrió, con las manos, su cara y se echó a llorar… dijo:
“-¡Cómo pude, cómo pude hacerle eso, era mi madre, por Dios…! ¡Cómo fui tan cobarde, Améli?
-Antes de partir para Francia ella me lo pidió, me suplicó…
“-¡Ay, cariño… prométeme que volverás! ¿No te vas para siempre verdad?”
-Eso fue lo que dijo mi madre, Améli, ¿Recuerdas? Te lo conté …Habló suplicando y pidiendo una promesa…
-Una promesa que no le hice, ni hubiera querido cumplir después.
No sabía qué decir para consolarle. Le pregunté:
-Pero ¿No volviste nunca, Arturo?
-Sí, claro que volví… Volví años después. Cuando avisaron que se moría, ¡cuando se estaba muriendo…! No volví a casa, a su lado; sino para despedirla para siempre porque... ¡porque se moría Laura, mi madre! Su corazón no pudo resistir más abandono, tanta renuncia. Nunca se quejó, pero siempre lo he sabido…”
Era descorazonador oírle y verle tan destrozado… Intenté darle otra visión distinta de lo que pasó y le dije:
-No te mortifiques más, Arturo… ella escogió su vida y tú la tuya, en lo posible. Y solo hasta ahí existe la responsabilidad personal. No te culpes.
Nadie puede, ni complacer a todos; ni a sí mismo, siempre. Las decisiones, no siempre están en nuestra mano, lo parece, sí… pero es una ilusión más. Las circunstancias mandan muchas veces y acabamos aceptando o haciendo lo que no queríamos hacer o aceptar (como viceversa)…Son muchas las cosas y personas que entran en el juego personal, que nos importan, quiero decir. Recuerda, por ejemplo, la historia de tu perro. Tu madre no quería uno en casa, estaba claro y, sin embargo; las circunstancias cambiaron y decidieron algo distinto para los tres. Su corazón, ante la importancia del hecho intervino, habló... Porque ya, no se trataba de un capricho infantil.
La Providencia puso en vuestras manos una vida.
Piensa, además que, aunque Laura, te echara mucho de menos y hubiera querido que estuvieras más cerca, lo que más desea una madre, y de eso sé algo, es que sus hijos estén bien y lo más en paz posible. Así que, aunque, no de la manera que hubiera querido ella, (cerca) sí tenía lo que más deseaba o le importaba: que tú estuvieras bien, sano y que tuvieras a la mujer que querías al lado…
En ese momento, mis palabras se vieron interrumpidas por, el timbre de abajo… y Arturo, dio un respingo:
-¡Son ellos, seguro…! dijo
-¡Será posible que otra vez me van a pillar los niños llorando…! ¡No puede ser! Mientras abres, me voy al baño, a ver si me lavo la cara y me tranquilizo un poco…
Y quiso salir corriendo, pero le corté el paso poniéndome delante de él:
-Antes, amigo, paga prenda…
Y nos abrazamos, mientras volvía a sonar el timbre…
( los sentimientos nos levantan o dejan caer, cual hojas, sin voluntad propia...)
ENIGMA
https://youtu.be/O3uV2PAd5k8