Es tiempo de Otoño... Y La Serenidad Reyna en mi mundo.

4/
Aquél día, al final de la jornada, Eduarda me avisó de que lo planificado había tomado un nuevo giro debido a mi experiencia nocturna. Pensaban que podía volver a suceder y que tal vez el universo había decidido un modo más espaciado, pero puede que más adecuado y natural para asimilar y comprender al ser vivido en primera persona y de forma tan cercana. Esa noche,la buena mujer, se ofreció a quedarse junto a mi cama, para que me sintiera más segura; pero le dije que no, que prefería seguir sola el curso de acontecimientos tal y como habían comenzado y sin interferencia alguna que me pudiera confundir. Ella, estuvo de acuerdo, ambas, sabíamos en el fondo, que no podía pasarme nada y que el dolor que brotaba de las emociones, era necesario para comprender todo el drama experimentado en mi familia.
De todos modos, antes de irse a dormir, vino a despedirse y me trajo una especie de infusión hecha con un jarabe de frutos silvestres. Me dijo, que era de bayas de saúco y que la receta se la había dado de la señora…
-Ella, conocía y sabía mucho de plantas, lo había aprendido con su padre, que fue una especie de sabio o médico… - dijo- ¿ves ese armario de ahí? Pues lo tenía lleno de frasquitos, con vinos, cordiales, jarabes… y abajo, en la despensa grande, tenía infinidad de hierbas y bayas que ella misma recogía. A la niña siempre la curaba ella; y más de una vez, le pedí que me diera algún remedio cuando alguno de los otros niños se ponía malo…
-¿Y no le importaba, ayudarles…?
-Pues no lo sé; pero el caso es que siempre me daba lo necesario para mejorarles en sus empachos, dolores o fiebres.
Esta bebida que te he dado era de sus preferidas, porque tenía mucho poder para reforzarnos, ella pensaba, que el verdadero médico cuidaba la salud para que no se cayera enfermo y no al revés… Otra cosa que usaba constantemente eran las manzanas. A la niña, siempre que fuera posible, le daba una al día, y, se aprovechaba, al máximo, de todos los frutos estación... si no hubiera sido tan cristiana, hubiera pensado que era bruja. En fin, ya digo, conocía y usaba muy bien ese mundo de la tierra y sus dones; tanto que, el amo, jamás probó nada que ella le ofreciera, creo que le daba miedo…él, no soportaba ni que le mirase fijamente.
-¿Temía que lo envenenase…?
-¡No hija, no… jajaja! Pero sí, creo, que tenía miedo de que le diera algo que lo dejara flojo…
-¿Flojo…?
-Sí, cariño, ya sabes… que lo dejara inútil para los menesteres de hombre...
-Ah, ya… ¿crees que ella hubiera sido capaz de algo así?
-Qué se yo,… pero; la verdad, es que conociendo tanto como conocía, jamás le hizo el más mínimo daño, al contrario, sé que rezaba mucho por su alma…
Pero bueno, dejemos la charla, ahora a la cama,… mañana será otro día.
Cuando ella se fue, terminé de beber el té y me eché a dormir, pues la charla, me había cansado y no tenía ganas de ponerme a leer… no recuerdo cómo me dormí, pero sí puedo decir que fue de inmediato, y más que sueño, lo que siento que me sobrevino, fue una pérdida de conocimiento, o como si algo me hubiera robado el alma sacándola de mí, de mi tiempo y espacio.
Cuando desperté, Eduarda estaba sentada en la cama, junto a mí y acariciaba mi cabeza… Me incorporé y nos abrazamos fuertemente.
-Tranquila, hija, ya pasó… ahora toca descansar y recuperar fuerzas…haremos como ayer, mientras tú te das un baño calentito para recuperar el calor, yo te preparo un desayuno de reina…
Cuando bajé, me di cuenta que era tardísimo…
-Pero tía, cómo no me despertaste antes, si es casi medio día.
-La noche también ha sido larga, hija mía… necesitabas dormir.
-Mira, como hace tan buen día, llevo todo afuera y comes al aire libre, que eso te ayudará a cobrar más vitalidad.
Después de la comida, dimos un paseo por los alrededores hasta llegar al merendero que ya conocí el primer día y allí, ya sentadas y más tranquilas, comencé a recordar y relatar, todo lo sucedido en la noche
-Al irte tú, ayer, caí rendida enseguida… después, desperté y no estaba en la cama, sino de rodillas sobre el reclinatorio… sentía un inmenso dolor y una desesperación insoportables; me sentía una mala madre, me culpaba por la tristeza e infelicidad de mi hija. Rogué a Dios que me ayudase a hacer lo que tuviera que hacer para liberarla a ella… después, fui a su cuarto, la niña dormía tranquila, y yo me eché en el suelo, a su lado, pero como de vez en cuando se me escapaba algún sollozo, acabé despertándola…
-Mami ¿qué te pasa, por qué lloras …?
Me levanté y me senté a su lado en la cama abrazándola, ella comenzó a llorar… y yo creí que esa vez el corazón se me estaba abriendo de verdad, no solo era el dolor, era mucho más que eso… ¡sentía tanta angustia…!
-No es nada, es que he tenido un sueño de mucho miedo, y por eso me vine aquí, pero ya se me ha pasado tranquila… a tu lado enseguida se me pasa todo, vida mía.
-¿Seguro, mami?
-Pues claro, mi niña, es que ya sabes que soy muy miedosa… pero sí, ya se me ha pasado. Mira me quedo contigo aquí, en tu cama y así dormimos juntitas… así seguro que tenemos sueños bonitos, ya verás…
La niña se volvió a dormir y, con cuidado, me levanté y me fui de nuevo a mi cuarto… comprendiendo, nuevamente, que solo servía para hacerla sufrir. Estaba totalmente hundida, acabada… me sentía un estorbo.
Después de un buen rato; me refresqué, me vestí y cogí un frasquito de la vitrina… bajé a la cocina y puse agua a calentar, luego eché una cucharadita del brebaje en una taza con el agua caliente. Lo tomé y salí. Me dirigí a la cuadra y preparé mi caballo y me marché… estaba amaneciendo, pero aún estaba muy oscuro.
Me bajé del caballo junto a la iglesia, llamé a una puerta que había justo al lado, salió a recibirme la madre del cura y le dije que tenía mucha urgencia de hablar con su hijo… me pasó a la sala de visitas y esperé. Hacía mucho frío en aquella habitación, pero además creo que tenía fiebre, pues tenía unos escalofríos terribles… Por fin apareció mi confesor y me eché a sus pies, llorando… él, me levantó y me rogó que me calmase, su madre apareció con dos tazones de leche caliente, y me rogaron que la tomara; pero yo, no apenas podía tragar nada…
-Cálmese y cuénteme qué ha pasado… ¿le ha pegado otra vez ese animal?
-No, esta vez no es eso… esta vez he venido porque he comprendido que soy una madre horrible, me he dado cuenta que soy la única culpable de la infelicidad de mi niña… no he sabido ser ni buena madre ni buena esposa. He rogado, he pedido y creo que, al fin, ya sé qué tengo que hacer… por eso he venido, padre, necesito confesar y comulgar antes de morir…
-¡Pero qué disparate estás diciendo, eso que estás pensando es pecado, hija mía… un pecado mortal, el peor de todos…!
-¡Peor es lo que le estoy haciendo a mi hija, padre…! ¡Eso sí que es un pecado horrible! Yo no puedo seguir viviendo, seguir haciendo tanto daño a mi ángel… ¡ya no puedo con ello, padre, ya no puedo…! Por eso he venido, necesito confesarme antes de morir… ¡por amor de Dios, confiéseme!
Mira, no voy a consentir que sigas diciendo locuras. Tu vida es muy dura, pero muy preciada… ofrécela a Dios y él te dará fuerzas. Y piensa que a tu hija no le pasará nada que no pueda soportar... Nuestro Señor, nunca manda más de lo que podemos cargar… Así que olvida todo eso y vuelve a tu casa, con tu marido y con tu hija… y aparta de ti esos malos pensamientos...
Yo voy a hablar con tu esposo, pronto, mañana mismo, y verás que todo va a mejorar.
Si quieres confesar y comulgar, vienes mañana, a la hora que ya sabes, como siempre y con ánimo para vivir.
Ella, no protestó más, montó en su caballo y emprendió el camino de vuelta. Antes de llegar a la casa, paró varias veces a buscar unas hierbas. Cuando llegó, quitó los aparejos al noble animal y estuvo largo rato, hablándole con cariño y acariciando su bella cabeza…
-Ese animal adoraba a su ama, tanto como odiaba al amo –dijo Eduarda- él, jamás pudo montarlo, cada vez que lo intentaba lo tiraba al suelo.
-Sí, fue una experiencia muy hermosa, sentir esa comunión, ese entendimiento, entre el caballo y la mujer,... por un momento, al menos, sentía la felicidad del compañerismo latir en el pecho, anulando la gran soledad que anidaba en él.
Después, ella entró en la casa y se dirigió a la cocina… puso unas hierbas a hervir en agua, luego las dejó reposar y le añadió algo más de una botellita que sacó del bolsillo de su chaqueta… lo echó todo en una taza y se la llevó consigo.
Ya en su habitación, se asomó a la ventana y llenó sus ojos con su último amanecer...
se cambió mientras pensaba que todo comienzo tiene su final, y que era paradójico que ese amanecer, que era comienzo de un nuevo día, anunciara el fin de los suyos .Se metió en la cama… y trago a trago, recordó su sueño de juventud,, ser una buena esposa, amar y ser amada. Ser una buena madre... no entendía qué hizo mal, porqué él no quiso amarla, porqué le tuvo tanto miedo siempre. Tampoco entendía, porqué, ella, a pesar de todo el mal que le causó, le quiso... y, trago a trago, fue entregando el alma a su creador, mientras rogaba por la de su amada hija y pedía perdón.
Sufrimos pensando que la muerte nos roba a los seres amados, cuando tantas veces la que nos roba es la vida... la propia vida.
Y porqué enterramos el pasado creyendo que así avanzaremos más libres y ligeros ... tal vez, algún día, uno a uno entendamos qué significa ser y cómo nada queda atrás y por tanto todo está a nuestro alcance para poder sanar y ordenar la vida.